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Siempre amaste a mujeres viejas

Encontrabas paz en ellas

Aires de madurez serena

Mujeres que amaban sin cautela

Embriagadas de frescura

Hambrientas de tu carne tersa

 

Siempre amaste a mujeres viejas

Jugabas a ser mayor

Ellas, a sentirse llenas

Días divertidos con regusto a adolescencia

 

Siempre amaste a mujeres viejas

Pero creciste y no supiste entenderlas

Tus ademanes de niño ya no saldaban las cuentas

Y no sabías sostenerlas

 

Siempre amaste a mujeres viejas

Relaciones incompletas

Donde ellas te cuidaban

Y tú te dejabas hacer

Asustado de verte crecer

Aplazando la madurez que te aterra

Puse mi amor en ella

Una vez tejí una manta.

A escondidas.

Hecha con hilos de amor

y agujas de ilusiones encendidas.

Un regalo para una vida

mil horas de pasión

mil emociones tejidas.

En tus manos la dejé,

para tu perro la utilizas

Tú, el niño, él el hombre.

Tú, mi abrigo, él mi norte.

Tú, pop del blando,

él reggae, balada, saeta y Hard Rock.

Tú, sexo vainilla, él porno y orgasmos.

Él tutor, tú tutelado.

Él sincero, tú no tanto.

Tú, poeta

de cañerías.

Él, arquitecto

de alegrías.

Él me quiere, tú me quisiste.

Él me sostiene, tú no pudiste.

Él estará siempre, tú nunca supiste.

Me sobras

Me sobran

Tus dramas, tus neuras, tus bolas,

La vida se te burla haciéndote la cobra

Pobrecito niño, con el mundo en su contra.

 

Me sobran

tus miedos, tus monstruos, tus faltas

Tus mensajes ocultos, tus palabras afiladas

Pobrecito crío a quién la vida maltrata.

 

Nunca supiste hablarme

Nunca me diste abrigo

No quisiste olvidarme

Ni supiste ser mi amigo.

Ausencia

Estiro la mano sobre la sábana fría. Ya no estás. Nunca has estado. Cierro los ojos y aspiro fuerte. Recuerdo tu olor, tu tacto, el calor de tu cuerpo, el color de tu aliento. No te quedaste. Nunca te has quedado.

Poso los pies en el suelo. El frío de las baldosas me despeja la mente, y el duelo. Parece que fue ayer cuando te enseñé a alzar el vuelo, pero ya pasaron años a cientos. No sé cuántos, me descuento.

Miro el reloj, marca las cinco. ¿Las cinco, ya? ¿Todavía? ¿Las cinco? ¿de qué día? A través de la ventana no adivino si es de noche o es de día. Me la suda. Me murmuro a mí mismo. He perdido la noción del tiempo y la perspectiva del mundo.

El coleccionista de miedos

En la esquina de un cajón en una habitación que no uso guardo mi álbum de miedos. Es un álbum completo, una reliquia, un secreto. Trátalo con cariño si alguna vez te lo enseño.

En el álbum hay miedos blandos, pegajosos y mugrientos. Hay otros afilados, puntiagudos y sangrientos. Algunos miedos son pequeños, otros son eternos. Algunos son anchos, otros estrechos, algunos elegantes, otros contrahechos. Pero todos, todos, tienen su hueco.

En una sección especial, guardo los miedos caros, son las piezas singulares, las rarezas, los miedos menos ordinarios; los que solo se ven al trasluz como las motas de polvo que se columpian en los rayos. Los que se esconden detrás de los parpadeos, detrás de los juegos y los tebeos. Los que te esperan tras las puertas, los que aprietan y no te sueltan. Los miedos pacientes que atacan cuando no hay gente. Los que te muerden el vientre y aparecen de repente.

En la esquina de un cajón en una habitación que no uso guardo mi álbum con celo. Es un álbum delicado, una bomba, todo un riesgo. Trátalo con cautela si alguna vez te lo enseño.

Quiero

Quiero acurrucarme bajo las mantas

Y llorar

Hasta que no me queden lágrimas

Desmontar las estructuras del mundo

Y volar

Hasta que me duelan las alas

 

Quiero coger un mazo y derribar las puertas

Quiero nadar y flotar y bucear hasta que se aleje la arena

Quiero arañar las paredes hasta que se acabe la pena

Quiero dejar de tropezar

 

Quiero dejar de doler

De dolerme

De dolerte

Quiero esconderme

Quiero dejar de quererte

Y quiero quererte eternamente

 

Quiero tenerte como te tuve siempre

Quiero que se detenga el tiempo al morderte

Quiero que seas suficiente

Quiero recordarte siempre