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¿No lo sabes?

Me preguntas lo que siento porque no te lo dicen mis versos

¿No lo sabes? que te quiero

A dentelladas

Desgarrando cuerpo y alma

Te quiero a mordisco limpio, a palo seco

A voz gastada

 

Me preguntas lo que quiero porque no te lo dicen mis verbos

¿No lo sabes? A ti te quiero

A bocanadas

Con celo y ansias

Desgranando los minutos que pasas lejos.

De alba a alba.

 

Te quiero con las entrañas

Con canas en el alma

Con las uñas descarnadas

De apartar escombros y acallar patrañas.

Desnuda y malgastada

Por eso te quiero muda, por eso sin palabras.

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Amaneceres (II)

Me despierto en medio de una sensación de arrullo, suave, como de haber soñado con el mar. Con los ojos cerrados intento recordar qué he soñado, qué me produce esa sensación, pero al momento desaparece y el vacío invade mi pecho. Abro los ojos. Una penumbra débil se filtra por la ventana, deben de ser ya las siete. Suspiro, y un segundo después suena el despertador.

Con desgana me incorporo en la cama. Hoy es miércoles. Me levanto, me ducho, desayuno. Me muevo con un automatismo extremo. Vuelvo a la habitación y me visto. Me miro en el espejo. Es hora de irse.

Antes de salir, con la mano en el pomo de la puerta cierro los ojos. Qué se me olvida? Suspiro, no puedo recordarlo. Miro el reloj. Llego tarde, no tengo tiempo para pensarlo.

Al cerrar la puerta tras de mí me asalta el pánico. LA ARMADURA!!

Miro a mi alrededor con los ojos como platos. Desprotegida. Hoy moriré en el asfalto, devorada por los monstruos y atravesada por las flechas de los que dijeron amarme tanto.

Escribo

Como para limpiar de pelusas mi ombligo

Yo escribo

Letras enlazadas que varean los olivos

De mi olvidos

 

Versos patera que me llevan al exilio

lejos del mundo en que vivo

con remos de humos y zumos etílicos

 

Palabras que arañan mis intestinos

Se vomitan en mis escritos

Sin paciencia ni conciencia para llegar a tus oídos

Ni a ojos críticos

 

Palabras que se escapan de mis zurrones mal cosidos

Tejidas con el hilo de pensamientos vacíos

Con argumentos de libre albedrío

Y agujas de sinsentidos

 

Yo escribo

Para limpiar de olvidos

mis intestinos

y mis ombligos

Ni mieles ni cielos

Ni mieles que endulcen hieles

Ni cielos que entibien hielos

Ni flores cubriendo horrores

Ni sueños buscando dueño

Dame verbos

Crudos, rudos

Que no escondan

Cuervos mudos

Ikelos

“No me sueltes, por favor no me sueltes” murmuraba mientras Ikelos tiraba de ella.

Solo la anclaba al mundo el calor umbilical de aquella mano en la suya. No me sueltes.  No lo haré vida, no lo haré. Pero al momento se abrió la mano y bajo sus pies se abrió el vacío. Inmenso. Intenso. Hambriento. Esperó caer pero no lo hizo. Flotaba mirando hacia abajo, erguida en el aire con los pies de puntillas como si pudiera salvarse, con el pelo al viento y el vestido en movimiento.

Caerá, no flotará para siempre, cuando la luz se apague caerá. Susurra Ikelos hablando con sus hermanos sueños. Lo sé, responden ellos.

Déjame los monstruos

No hagas ruido. No despiertes a las bestias. No te metas con mis monstruos, que me los despiertas. Déjamelos en paz, a rienda suelta. Deja que se me alimenten a su antojo de despojos de recuerdos y de sueños rotos, de entrañas revueltas y devueltas y de tripas sueltas. Déjamelos que cierren compuertas, que echen pestillos y atranquen las puertas.
No te arrimes, que te morderán las piernas, no los mires, no los toques. Déjamelos tranquilos que se me despiertan.

De vuelta

Antes de verlo llegar, lo siento. Siento la amenaza bajo la piel, entre mis costillas, una mancha que me oprime los pulmones y me encoge la vida. Me ataca de repente y con firmeza, como un puño cerrado que me aprieta y no me suelta. Respiro hondo pero el monstruo no se aleja. Ha tardado en llegar pero vino con fuerza.

Abro los ojos y miro hacia adentro. Me dolerá, lo presiento. Clavará en mí sus pupilas y abrirá sus fauces. Se alimentará de miedo, de pesadillas y malos vientos y saciará su hambre con mis risas y mis paces.